Las historias heroicas mexicanas usualmente contienen nombres de personajes, ciudades y batallas que alimentan al imaginario colectivo, estos hechos le dan forma al relato y de esta manera es como nacen los héroes, que se ubican en un ámbito cercano al de semi-dioses.

Sus siluetas son de esta manera trazadas como personas sin tachaduras, con biografías editadas para que luzcan impolutas, los dejamos de percibir como seres terrenales con errores y por tanto se establece una división sobre las demás personas que no tienen los “elementos para sobresalir” como héroes.

Detrás de las historias que conocemos existe un participante común a todas ellas que suele ser olvidado y desacreditado peculiarmente en nuestro país, mas en otros lugares es, y será bien recordado.

El eslabón perdido que los mexicanos están encontrando es el México Invisible, en palabras del empresario Manuel Arango A. un México que es la solución frente a las envidias, la mediocridad y las desigualdades sociales de las que hemos tenido que levantarnos una y otra vez.

Este es el México que no se refleja o destaca en los medios y en la política, pero que existe. El México que no vemos ni oímos porque su trabajo callado y comprometido no busca la luz pública ni alcanzar el poder, sino sólo mejorar sus condiciones y calidad de vida.

Mundialmente se valora el espíritu común, y por ejemplo los ingleses por supuesto que tienen heroes como a Churchill y a Nelson, pero nunca olvidan al “Poder Marítimo Británico” que fuerontodas las personas nacidas en las costas de la isla europea que por determinas causas partieron a la mar a luchar y vencieron.

Así, debemos de magnificar las causas y efectos para darle más importancia a esta Metafísica que se vive en nuestro país, un pilar de los 200 años recién cumplidos que es más real que las apariencias que percibimos y que siempre ha estado dertrás de todas las victorias.

A este México Invisible , no por casualidad, algunos periodistas e intelectuales lo han visto a los ojos y lo han integrado a sus párrafos en los diarios nacionales durante este mes patrio del bicentenario.

El México Invisible ya no podía permanecer escondido por más tiempo y tuvo que manifestarse magnánimamente bajo el adjetivo de “El Coloso”, un personaje sobre el que se debate ideología, apariencia física, y procedencia. La realidad es que esa información vale un carajo porque el titán representa a todas las almas mexicanas “desconocidas” que han mantenido al país en movimiento y representa a cada uno de los que pisan con amor este país al que han entregado su vida sin relucir en libros de historia escolares.

Es este el heroe-heroína al cual le debemos devoción, porque habita en nosotros a cada instante con cada elección que hacemos en pro de nuestra evolución como personas, comunidad y país.

Si esto es verdad, ya no es necesario que coloquemos nombres de heroes en cada esquina de nuestras calles si tan solo sabemos qué llevamos al último gran héroe dentro de nosotros ahora mismo.

Me sumo a la invitación que hace Héctor Aguilar Camín para que comencemos a adentrarnos en este México por medio de la columna de Manuel Arango A., empresario mexicano, y agrego la de Carlos Mota, periodista de negocios, estas podrán ampliar nuestra consciencia sobre México Invisible y lo sacará a relucir más pronto de lo que creemos porque la verdad siempre brilla más.

Un México invisible
Por: Manuel Arango A.
Reforma (08-Sep-2010)

Hay un México que todos los días vemos y que no quisiéramos ver. Un México violentado por el narcotráfico y el crimen organizado. Un México cuyos representantes en el Congreso se preocupan prioritariamente por atender los intereses de sus partidos, ignorando las necesidades y reclamos ciudadanos. Un México dividido por partidos que utilizan fondos públicos para comprar votos, haciendo promesas de cambios que nunca se cumplen. Un México de poderes fácticos que custodian intereses de grupo e impiden cambios necesarios para el progreso y crecimiento del país. Un México donde la ilegalidad, la corrupción y la impunidad restan credibilidad a las instituciones que nos gobiernan y que a toda costa debemos defender, pues por imperfectas que sean, son la base de nuestra incipiente democracia. Un México violento y criminal profusamente difundido y resaltado por los medios en búsqueda de “ratings” pero que indirectamente incrementa el impacto del terror en beneficio de los grupos criminales. Un México de pobreza, golpeado por desastres naturales que destruyen viviendas precarias y provocan enormes tragedias y sufrimiento entre la población. Un México cuya economía no crece al ritmo necesario para dar empleo a millones de jóvenes frustrados ante la falta de oportunidad.

Ese México inseguro, violento, trágico, dividido, corrupto y cínico no es sin embargo el México al que pertenece la gran mayoría de los mexicanos. Esos millones que diariamente acuden a sus trabajos soportando bloqueos y marchas que con frecuencia paralizan las principales ciudades. No es el México que lucha por superarse y sacar adelante su familia, haciendo enormes sacrificios y esfuerzos para lograrlo. Ese México no es el México de padres y madres que por las mañanas llevan a sus hijos a las escuelas para que estudien y puedan alcanzar mejores oportunidades que las que ellos tuvieron. Ese México no es el México de millones de ciudadanos que, a pesar de amenazas y decepciones políticas, acuden a las urnas y con un espíritu democrático y pacífico participan con su voto para construir el país del futuro. No es tampoco el México de una creciente sociedad civil organizada que voluntariamente aporta recursos, tiempo y talento para ayudar a los más necesitados y combatir todo aquello que impide o retrasa la justicia, la equidad y la democracia plena. No es el México de auténticos emprendedores que arriesgando capital, forman grandes y pequeños negocios que crean empleo y brindan bienes y servicios necesarios para el desarrollo y crecimiento del país. No es el México de competentes profesionistas, académicos, campesinos, alumnos, amas de casa y servidores públicos que laboran con ahínco y respeto a las leyes. Tampoco es el México institucional custodiado con disciplina e imparcialidad por nuestras respetadas fuerzas armadas. Menos aún, es el México histórico de rica cultura y antiguos monumentos que atestiguan la grandeza de nuestro pasado.

Este es el México que no se refleja o destaca en los medios y en la política, pero que existe. El México que no vemos ni oímos porque su trabajo callado y comprometido no busca la luz pública ni alcanzar el poder, sino sólo mejorar sus condiciones y calidad de vida. Este es el México invisible que cultiva el campo, ocupa las aulas, los hospitales, los comercios, las fábricas, los hoteles, las universidades, las oficinas, los cuarteles, los hogares, las guarderías y todos aquellos espacios donde se forja día a día el México auténtico, trabajador, comprometido y generoso. Este es el México silencioso que no oímos y tampoco vemos porque no es noticia de impacto en los medios de comunicación. Sin embargo, este es el México profundo de fuertes raíces, de color, música, arte y tradiciones. El México soñador, joven, recio, optimista, pujante, creativo, alegre y emprendedor. Un México de variados climas rodeado de grandes mares, costas, islas y la más diversa naturaleza. El México que no se doblega ante la adversidad y con fortaleza sigue siempre adelante.

Este es el México que todos queremos vivir y que juntos con esfuerzo y compromiso estamos logrando, más allá de intereses mezquinos encumbrados en su lucha por el poder con visión de corto plazo. Podemos ser optimistas, ese México Invisible es el verdadero México, el México que crece y se desarrolla calladamente guiado por principios y valores, y el que va a perdurar por encima de todo.

Debemos continuar en la lucha productiva, formando buenos ciudadanos, cada uno haciendo su mejor esfuerzo y con responsabilidad ayudando a construir un mejor país para nuestros hijos y futuras generaciones. Un país en el que exista la justicia, la seguridad y la oportunidad para todos, sin pobreza y sufrimiento innecesario. Seamos exigentes con nuestra forma de vida, pero también con la de aquellos que gobiernan o intenten gobernar anteponiendo ambiciones personales o intereses de grupo.

Con esa verdad y confianza podemos con optimismo celebrar y volver a gritar, ¡VIVA MÉXICO!

Seamos dependientes los siguientes 100 años
Por: Carlos Mota
Milenio Diario

Inicia hoy el “primer día” de nuestro tercer centenario como Estado nación. Y estos siguientes cien años, pienso, deberíamos elegir ser dependientes.
Dependientes de la prosperidad colectiva, de la imaginación creativa, de los altos sueños, de la visión larga, del trabajo constante, de la sabiduría justa, de la convivencia armónica, de la salud integral.
Seamos dependientes de la investigación y el desarrollo tecnológicos, de la ciencia, de la formación académica, de la capacitación constante, del cuestionamiento de prejuicios, del avance evolutivo, de las mentes que preguntan.
Dependamos de nuestra creatividad para generar propuestas de valor, del empeño organizacional, del valor compartido para erradicar la pobreza, de las soluciones sencillas, de nuestra interconexión con el mundo integrado, del valor económico agregado creado en legalidad y en legitimidad, de la palabra honrada.
Anclemos nuestros siguientes cien años en la lectura, el aprendizaje, la absorción de información sin importar el medio, la comunicación instantánea, las aulas, las computadoras, las bibliotecas, los libros, los laboratorios, los talleres, los cursos y sesiones escolares, los auditorios universitarios, la educación total, la disciplina académica.
Dependamos de nuestros ancianos y su conocimiento, de nuestras mujeres y sus cualidades, de nuestros niños y sus sonrisas, de nuestros animales y su diversidad, de nuestras plantas y su oxígeno, de nuestras aguas y la vida que dan, de nuestros cielos y sus cotidianos regalos.
Seamos dependientes del mundo en su admiración por nosotros, de nuestra posición de privilegio en el escenario global, de las miradas de asombro que provocamos con nuestra cultura originaria e irrepetible, de nuestros vestidos, nuestra música, nuestra gastronomía y nuestro folclor.
Dependamos del respeto, de la puntualidad, de la justicia, de la grandeza, de la gallardía, del orgullo, de la sabiduría, de la espiritualidad, de la construcción de un país más próspero, de la vida, de la diversidad, de la imaginación, de la tolerancia, del valor, de la cultura, de la salud, de la trilogía cuerpo-mente-espíritu, de la nueva conciencia.
Necesitamos ser dependientes de la paz.

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